Tranquilo todo el mundo que no voy a relatar toda mi historia con el imbécil. Sólo un poquito.
Todas las mujeres tenemos algún imbécil en nuestras vidas. Con el mío ni me casé ni me enrollé; simplemente no era posible.
O quizás sí porque bien que se enrolló el tío con la pelirroja.
Pero como todo matrimonio nosotros también sufrimos un proceso de ilusión-acomodamiento-deterioro incluyendo la opción de estallido de hostilidades al final.
Un año, el último, fatal. En gran parte por otra mujer. Ella me gustaba, creo que es la mujer que más me ha gustado en la vida. Superior en todo al imbécil y claro, los celos se apoderaron de él y la echó. No podía consentir que ninguna mujer le hiciera sombra.
¡Se armó la de Dios! No le perdoné nunca que me hubiera privado de su presencia. No es que me hubiera acostumbrado a ella; ella me daba todo cuanto a él le era imposible proporcionarme.
No lloré; le hubiera pateado el hígado al imbécil. Tampoco lo hice pero las discusiones fueron in crescendo. Toda confianza se había roto.
El imbécil tampoco me soportaba; ¿cómo me atrevía a cuestionarle? Pero no quería perder mi dinero. Podía más su avaricia que cualquier otra consideración.
Hasta que llegó el día en que reuní fuerzas y di por terminada definitivamente nuestra tempestuosa relación.
Él creyó que sería parte de la terapia. Nunca entendió que allí no había habido ningún tipo de transferencia. Él era el imbécil, el único imbécil de mi vida.
Todas las mujeres tenemos algún imbécil en nuestras vidas. Con el mío ni me casé ni me enrollé; simplemente no era posible.
O quizás sí porque bien que se enrolló el tío con la pelirroja.
Pero como todo matrimonio nosotros también sufrimos un proceso de ilusión-acomodamiento-deterioro incluyendo la opción de estallido de hostilidades al final.
Un año, el último, fatal. En gran parte por otra mujer. Ella me gustaba, creo que es la mujer que más me ha gustado en la vida. Superior en todo al imbécil y claro, los celos se apoderaron de él y la echó. No podía consentir que ninguna mujer le hiciera sombra.
¡Se armó la de Dios! No le perdoné nunca que me hubiera privado de su presencia. No es que me hubiera acostumbrado a ella; ella me daba todo cuanto a él le era imposible proporcionarme.
No lloré; le hubiera pateado el hígado al imbécil. Tampoco lo hice pero las discusiones fueron in crescendo. Toda confianza se había roto.
El imbécil tampoco me soportaba; ¿cómo me atrevía a cuestionarle? Pero no quería perder mi dinero. Podía más su avaricia que cualquier otra consideración.
Hasta que llegó el día en que reuní fuerzas y di por terminada definitivamente nuestra tempestuosa relación.
Él creyó que sería parte de la terapia. Nunca entendió que allí no había habido ningún tipo de transferencia. Él era el imbécil, el único imbécil de mi vida.
Faltó comunicación, sin duda.
ResponEliminaNo importa el conocimiento de ser el único imbécil en la vida de alguien, de vez en cuando hay que expresárselo con palabras para que se sienta completamente seguro.
No es bueno reprimir los sentimientos.